¿Quién habla de gentileza masculina?

En la Universidad siempre suceden cosas “raras”. No es que la vieja canción rockera de los 80’ haya sentado un precepto indiscutible, pero quizás los jóvenes, consciente o inconscientemente retamos lo aprendido hasta entonces desde el momento que pisamos nuestras aulas de estudio, cuestionando al mundo, llegando al límite de poner en duda nuestra propia identidad…

Hijo del Dragón

Recuerdo sobre una de mis tantas tardanzas a clase, que había llegado sosteniendo en mis manos un diseño muy bueno acerca de la historia del Arte. Cuando mi hoja se integró a las demás que debía presentar mi grupo, supuse que ya habrían añadido mi nombre.

Con la intención de corroborarlo, al final de la clase me acerqué al profesor para preguntarle si yo estaba inscrito y éste al revisar la lista encontró mi nombre deformado. En vez de decir “Deucalión”, decía “Darío”. ¬¬

Podría haberme nacido el impulso de golpear a mis compañeros… ¿Cómo aún conociéndome habían confundido mi nombre? No obstante, el culpable había sido Kent, uno de los chicos más guapos de mi base y a la sazón, capitán del equipo de fútbol de la Facultad.

Kent no es el típico deportista sin cerebro que podríamos pensar. Cuando realiza exposiciones en clase denota un exuberante talento como conocimiento a medida que sus ojos expresan una ternura tan particular e intimidante…

Obviamente, al momento en cual se acercó directamente a pedirme disculpas me puse muy nervioso. Bajé un poco los ojos y casi gesticulé una mueca de desprecio. Me pareció patético de mi parte, tanto como la de él.

Como fuere, desde entonces, raramente hemos vuelto a hablar.

 

¿Tienes una tiza, amigo?

Ocho de la noche.

El aburrimiento en la clase de Comercio se torna poco más insoportable. Nuestro profesor está a punto de terminar su prolongado discurso, cuyo efecto en nuestros rostros es evidente.

Pero esta vez, para variar, no aguantaría tanta displicencia que ordena un examen en ese mismo instante, explica con ironía que la evaluación consistirá en exponer un mapa conceptual previamente dibujemos en la pizarra, ante él y la clase entera.

Prácticamente a nadie se le ocurrió ser el primero en hacer ridículo escribiendo a tiza en una época con pleno apogeo del plumón acrílico. Dado que la pizarra es antigua, sólo un valiente se animaría a ensuciarse las manos con esa cal.

Tras un silencio incógnito, Paulo se levantó…

-         Alumno, no hay tiza… Vaya usted a traerla.

Unas risas apagadas salieron desde el fondo del salón, pues ciertamente es incómodo soportar ese tipo de situaciones. Felizmente, los diecinueve alumnos restantes, con la gota precisa de somnolencia, mirábamos impasibles desde nuestros asientos cómo sucedían las cosas.

Pasados unos veinte minutos, Paulo reapareció en el aula. Debió haberse demorado seguramente rogándole al jefe de Maestranza que le entregue una mísera tiza.

Su rostro inexpresivo de siempre, no comunicaba mayor cosa.

El joven dibujó su mapa conceptual con parsimonia sobre la pizarra. Su tiza era azul. Cuando hubo terminado se dedicó a exponer como por 15 minutos, empero su esfuerzo, pude distinguir que el profesor lo calificó con 12 (La máxima nota es 20).

-         ¿Alguien más va a exponer?

Silencio.

-         ¿Nadie más va a exponer?

Segundos decisivos de zozobra en los cuales parecía que nadie deseaba repetir la experiencia de Paulo.

Finalmente, tras el momento de la duda, se levantó otro chico. Personalmente no lo conozco, pero tiene un aire muy simpático.

Sus cabellos eran ensortijados, de color castaño. Como si la naturaleza le hubiera teñido el color preciso, ni muy oscuro, ni demasiado claro. Su rostro era tranquilo, la tez trigueña, y los ojos café que brillaban con intensidad.

Llevaba un polo verde y una chaqueta del mismo color. El jean azul desgastado revelaba que era un chico extrovertido, pero no soberbio. Muy parecido al carácter de Kent.

El joven asumió que la tiza debía tenerla aún el alumno anterior, así que tras consultar su tema de exposición al profesor, se acercó de manera muy protocolar a Paulo.

Con una ligera vacilación pero encantador a la vez, se inclinó levemente con ambos brazos, lado a lado sobre las capetas y mirando fijamente a Paulo, entonó con dulzura:

-         Amigo, ¿Tienes la tiza?

El aludido contestó fríamente “Está allí” y señaló la canaleta que servía de apoyo al pizarrón.

Desde el fondo, las mismas risitas incontrolables censuraban sarcásticamente la escena sucedida, tan rápida, tan sencilla y a la vez, gentil. No era sólo lo absurdo de pedirle la tiza a Paulo cuando ésta se hallaba junto a la pizarra, ni el vano esfuerzo de habérsela pedido, era también el sonido de su voz al momento de expresarlo.

Tan evidente. Tan sensacional. Tan extraño.

 

Siempre Willy.

Algún día debería escribir toda una nota sobre mi amigo Willy. Parece que cada semana transcurrida, él está evolucionando frente al mundo.

Hace un año atrás lo percibía muy cerrado, callado e introvertido. Se limitaba a hacer lo que le decían, asistiendo temprano a las clases y saliendo apenas concluían.

Poco a poco, creo que el ha ido abriendo su carácter. Y este ciclo se ha ido acercando extrañamente a mi persona. A veces se comporta como un niño, otras responde como un adulto soberbio, mientras pervive en su constante pregunta acerca de todo lo que realiza.

9:00 AM. La clase ha concluido. Un tropel sale raudamente del salón.

Cuando el aula ha quedado vacía y en silencio, vuelvo a tomar asiento, esperando el inicio de la siguiente clase. Será en media hora todavía, pero no le encuentro gusto a salir de ese ambiente.

A pesar de ello, no me encuentro solo. Willy está ahí, conmigo.

Me mira como si investigara mentalmente mis actitudes, mas no le hago caso a su observación mientras me coloco mis audífonos para oír música.

De pronto, me busca conversación.

-         ¿Por qué motivo podría faltar el profesor?

-         Ah pues, no lo sé, quizás por alguna enfermedad.

 

-         Claro, ya faltó por ese motivo.

-         Así es, pero ¿quién sabe, no?

 

-         ¿Tú crees que le gusten los conciertos?

-         Ah pues no lo sé, pero ¿Acaso faltó a alguna clase para irse a uno?

 

-         Pues no, aunque sé que tiene el dinero suficiente para hacerlo.

-         Entonces vendrá.

En realidad, el diálogo es monótono y carente de sentido. No es que Willy se haya fijado en el profesor, es que él suele hacer preguntas absurdas a veces, cuando piensa en algo.

Tampoco podría pensar que alguien tan cerrado como Willy sea gay. No lo parece. Nunca he visto que se le fueran los ojos por un chico o que siquiera tenga expresión mínima para identificarlo como tal.

Yo diría que Willy es asexual. No piensa ni en chicos ni en chicas. Sólo en… ¿estudiar?

Sin embargo, su cercanía es agradable. Me causa la sensación cálida de su cortesía. Días atrás le dije que me sentía mal aunque me reservé contarle el motivo, y él quizás lo haya recordado.

Impensado, o previsto, cuando está ahí, al menos tengo alguien para conversar, y eso es sencillamente, grandioso, a pesar de las absurdeces que él suele decir. Siendo mejor éstas a cualquier lisura o comentario soberbio proveniente de mis otros compañeros de clase.

En realidad, podría decir que nadie es como Willy.

Aunque nadie sea perfecto. Y aunque ningún varón pueda expresar libremente un galanteo siquiera por un semejante.

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