La Saga de Rael – Parte I

Una indirecta a un amigo, si lo quiere…

A 800 metros sobre el nivel del mar se levanta la ciudad de Lima, capital de la República del Perú. Con una población de casi 9 millones de habitantes, esta urbe desordenada se caracteriza por la multiculturalidad de personas que conviven en ella, repartidos principalmente en las periferias.

Debido al terremoto que destruyó la bahía de Pisco en 1983, Agustín y su esposa, Sara juntaron las pocas pertenencías que tenían y emprendieron el largo viaje a la capital. Tenían 2 hijos varones hasta entonces: Marcial, de 15 años y Raúl de 25.

Llegaron a la ciudad por la mañana, tras dormir toda la noche atiborrados en un camión. Tan sólo estaban equipados con dos maletas, pero trataban de ver el futuro con optimismo.

“No me gusta la ciudad, hermano”

De hecho, a pocos les agrada vivir en Lima. Si bien los meses de verano son largos y calurosos, el invierno es excesivamente húmedo y congela hasta el alma. Quizás por eso dicen que los limeños guardan la molicie de su clima en el corazón.

Don Agustín tenía familiares y paisanos que ya estaban establecidos en la ciudad, uno de ellos le vendió el terreno donde vivirían. Cuando vieron el lugar, se encontraron frente a un esqueleto de concreto sin puertas ni ventanas, del cual al menos existían las primigenias conexiones de agua y energía eléctrica.

Como pudieron, empezaron a levantarse en aquella casa. Taparon las entradas con alfombras y luego con triplay, más adelante construyeron nuevas paredes, poco a poco, entre los cuatro. Si había que tarrajear, ellos mismos tarrajeaban. Si había que picar cemento, ellos mismos picaban y así sucesivamente.

Pasaron 6 años. Época de dolor, porque sufrían los embates de la pobreza, época de estrechez en la casa que tomaba forma. Época de constantes discusiones por la falta de economía. Raúl fue el primero en ponerse a trabajar. Tras realizar rápidamente un estudio técnico en mecánica, empezó a vender autopartes de carros usados. Al principio no ganaba mucho, pero el negocio germinaba con el aumento progresivo de clientes. Poco después, Marcial ingresó a la Universidad. La carrera que le eligieron fue Comunicaciones, la cual era poco conocida, y no obstante Don Agustín le visualizaba un éxito. Los gastos de la Academia corrieron por Raúl. La Universidad completa fue costeada por Don Agustín.

Por fin el patriarca de la familia comenzaba a ver realizados sus sueños de tener hijos profesionales que abonaran la decaída economía doméstica. Empero, el destino le jugó una mala pasada. En 1989, faltando pocos ciclos para concluir la Universidad, Marcial conoció a una chica de la cual se enamoró desesperadamente y la embarazó. Don Agustín acababa de perder el trabajo cuando se enteró de la noticia. Estaban en plena crisis de la hiperinflación y cayó enfermo ese año. Parecía que todo se estancaba para ellos. Sin embargo, doña Sara tomó la posta y buscó trabajo como costurera. Marcial y su novia, Rosario pasaron a vivir con ellos, así como el hijo de ambos, bautizado Arren.

Gracias al esfuerzo de su señora, Don Agustín pudo salir del hospital y rehabilitarse. No tardó mucho tiempo en conseguir otro trabajo, donde logró su contrato indefinido. Raúl por su lado, seguía creciendo en su negocio de autopartes y planeaba lanzarse a la venta de autos usados. El joven Marcial abandonó la universidad para laborar en una importante empresa de alimentos.

Rosario, que también dejó la Facultad de Comunicaciones, sólo se dedicaba a cuidar a su bebé en la casa, no obstante, sus costumbres relajadas resultaban insoportables para los Ursúa. Ella provenía de una familia muy distinta donde había sido criada por su abuelita, a quien curiosamente odiaba, y tenía dentro de sí esa dejadez propia de los limeños. Sólo Marcial parecía comprenderla a veces, como en otras no.

Al año siguiente, sucedió una sorpresa: Doña Sara Ursúa estaba embarazada. Nadie se esperaba que en sus condiciones pudieran criar otro hijo, pero llegó a suceder.

Fue inscrito como Oswaldo.

Él sería el último hijo de los Ursúa. Tras ello, doña Sara empezó a tomar anticonceptivos y ya no volvió a concebir.

Oswaldo creció en épocas de cambios para la familia. La economía mejoraba gradualmente, los empleos eran bien remunerados y la casa que habitaban llegó a tener dos pisos completos.

Y en medio de esa bonanza, la unidad presentaba signos de resquebrajamiento. Doña Sara ya no toleraba más la actitud indolente de Rosario, y ni siquiera el mismo Marcial podía contener a su mujer. Las discusiones se tornaron casi una necesidad en cada rincón de la casa, mientras el pequeño Arren lloraba detrás de las paredes, en su soledad y otras, contemplando la serenidad de Oswaldo en su cuna.

Arren tenía 5 años cuando sus padres se divorciaron. Rosario volvió a casa de su abuela. Marcial quedó dolido por la separación una larga temporada.

Mientras Sara y don Agustín trabajaban todo el día. La situación permitió a Raúl hacerse cargo de la casa y cuidar a Oswaldo. Algunas veces traía también a su sobrino Arren. Sea como fuere el motivo, Raúl no quiso comprometerse con mujer alguna hasta entonces.

Oswaldo era un niño diferente a sus hermanos. Cuentan que fue mejor criado, accedió a más alimentos, mayores cuidados y oportunidades.

Pero don Agustín prefería la vía tradicional. Algunas veces imponía su modelo de crianza a su esposa y mantenía la mirada firme sobre el niño. No quería que se repitiesen en otro hijo las actitudes de Marcial.

Así pues, Oswaldo conoció extrañamente los gritos, las peleas. Algo ya había sabido cuando a sus 4 años veía a su hermano discutir con su ex cuñada y venía su “hermanito” Arren a abrazarlo.

Y Arren se había ido con su mamá. Ya no lo veía como antes.

Pasaron así tres meses. Marcial estaba dedicado de lleno a recuperar la Universidad y trabajar al mismo tiempo, mientras que Raúl decidió darse una vida más cómoda programándose viajes a las afueras de cuando en cuando, pues su triunfante negocio ya le permitía esos gustos.

Una tarde, Rosario fue con Arren a visitar a los Ursúa. En realidad dejó a su niño con doña Sara para irse a teñir el cabello y luego salir a una discoteca con sus amigas.

De casualidad, Arren rompió un vidrio jugando con la pelota. Don Agustín se molestó tanto que le gritó, amenazándole con un palo. El niño no sabía que hacer, pero salió en su defensa Oswaldo. Increíblemente, el pequeño se interpuso entre su padre y su “hermanito”.

Don Agustín se calmó, aunque esa noche, los dos pequeños no dejaron de llorar silenciosamente.

Desde entonces, Oswaldo se distanció de su padre y se apegó mucho a su mamá. Quería ver a sus hermanos, quienes llegaban tarde o no estaban. Quería ver a su “hermanito” Arren, pero ya Rosario no lo traía. A veces pasaba tardes enteras jugando solo.

Doña Sara, ocupada en su trabajo, si bien trataba de estar con su hijo, no podía acompañarlo siempre. Cuando Raúl se iba de viaje, lo dejaba con las vecinas o lo llevaba al wawa-wasi.

Oswaldo empezó a ir al colegio primario en 1995. Era una novedad que hubiera pasado el examen de admisión, pues a pocos niños de 5 años se les consideraban aptos para estudiar en las escuelas.

El pequeño siempre se mostraba callado y tímido. Tuvo amigos, amigas. Hubo gente a la cual no le cayó, y llevó en parte el estigma de ser “hijo de una costurera”. Porque los demás le envidiaban su talento, como su suerte.

Don Agustín había ascendido a cargo de Gerente, lo cual le permitó ver más a su hijo, mas poco lo comprendía y terminaba gritando. Sólo Raúl a veces lo calmaba y en otras, su mujer. Ellos pensaban que Oswaldo debía recibir otro tipo de crianza.

Agustín Ursúa juraba que estaban equivocados y que Oswaldo tendría algo malo mas adelante.

El chico no destacó como sus hermanos y sus méritos, nunca fueron suficientes para don Agustín. Oswaldo tenía potencial que no usaba y en ello vio su padre una dejadez, quizás heredada de tanto juntarse con Arren.

En 2006, Oswaldo y Arren postularon a la Universidad, cada cual por su lado. Sorpresivamente, Arren logró ingresar en Bioquímica, pero Oswaldo quedó fuera.

Su carrera habría sido Derecho.

Un clima intempestivo se desató sobre él. Si bien, don Agustín no dijo la mayor cosa por el fracaso, algunas veces mostraba enteramente su disgusto. Oswaldo sólo podía remitirse a recordar las tantas ocasiones que le había gritado justa o injustamente.

Ese mismo año, para evitar que Oswaldo perdiera más tiempo, don Agustín accedió pagarle la Academia. Raúl no quiso saber mucho al respecto, porque no deseaba reflejar a Marcial en el menor.

Y eso que para Marcial las cosas no podían estar mejor. Estudiando maestrías y doctorados. Una mujer, de nombre Elena le había convencido de ello y al chico comenzaba a gustarle esa dama. De manera que también por fin Raúl se comprometió. Su novia se llamaba Anabel. Llevaban conviviendo menos de un año cuando Anabel salió embarazada. Más que recordar el pasado, a Raúl le parecía un buen futuro por venir.

Si bien Oswaldo había tenido una enamorada en su época de colegial, no siempre le llamaron mucho la atención las mujeres. Quizás porque a excepción de Arren, a quien esporádicamente veía, no tenía amigos varones demasiado cercanos. Tal vez era su forma de protegerse frente a la figura de don Agustín o recordarse a sí mismo que no necesitaba de nadie.

No obstante, el clima en la Academia fue completamente distinto. Entre tantos chicos y chicas, Oswaldo empezó a fijarse curiosamente en uno. Sólo uno. Un tipo triste y cabizbajo llamado Julián

CONTINUARÁ

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