La Saga de Rael – Parte II

Julián era un tipo ciertamente engreído, aunque aparentaba melancolía exteriormente, conociéndolo más a fondo se desenvolvía amigablemente cuando quería. Oswaldo lo trataba poco, manteniendo cierta distancia por su dificultad para socializar, y aún así le agradaban mucho los pequeños instantes en cuales conversaba monosílabos con él.

Teniéndolo cerca podía aspirar su perfume, un aroma que lo diferenciaba entre los demás, admirando sus oscuros cabellos revueltos y la sonrisa apagada.

Oswaldo se terminó enamorando de Julián sin saberlo ni uno, ni otro.

Pero el joven había descubierto un mundo nuevo, una senda prohibida, y a la vez llena de esperanza en ese momento… su propia identidad.

 Concluida la Academia, finalmente Oswaldo logró ingresar a la Universidad. Doña Sara volvió a llorar apenas se enteró del hecho, si bien esta vez de felicidad, pues lograría ver a todos sus hijos realizados profesionalmente y con seguridad en la vida.

Sin embargo, el lado oculto que nadie conocía de Oswaldo fue cuando comenzó a acudir a las cabinas de Internet y salas de chat para homosexuales. Entablaba conversa con desconocidos y salía con ellos bajo el pretexto de irse a sus clases.

Una víspera de Navidad, Oswaldo bajó a visitar a su hermano Raúl para hacer las compras de la Cena. El joven deseaba un móvil como regalo en esa fecha especial, no obstante aquel deseo tenía pocas probabilidades de realizarse.

Entre el protocolo frío de los hermanos, Oswaldo se aburría. Raúl tenía otras cosas en qué pensar: su novia y su futura hija por nacer. Surgió entonces una conversación bastante particular donde el menor confesó su entusiasmo en buscarse una pareja.

A Raúl le parecía una trivialidad digna del adolescente, cosa que desagradó a su hermano, quien excusándose, lo dejó con las bolsas de compras en la mano. Sin que sospeche el mayor, fue al encuentro de un chico.

Se llamaba Jack.

Esa nochebuena, Oswaldo dio el primer beso en toda su vida. Fue maravilloso en sus propias palabras, pues le agradaba Jack y quería estar con él.

Semanas después afloraron los problemas. Oswaldo lo había citado dos veces para celebrar el Año Nuevo a su lado y Jack no daba señales de vida. Recién una noche lo encontró escondido en la cabina de Internet, pero su tranquilidad había desaparecido.

Jack le explicó que se sentía “indigno” para ser su pareja, porque seguía enamorado de su ex. No le bastaba con conocer a un solo muchacho, pues quería explorar otras “posibilidades”. A Oswaldo le rompió el corazón oír esas palabras.

Al pasar los días, una vez que se olvidó de Jack, Oswaldo siguió buscando. A medida que avanzaba en sus estudios, conoció otros chicos mientras escuchaba rumores sobre el ambiente gay peruano. Escuchó hablar de las discotecas oscuras, las orgías y los bailarines travestis.

Nunca le llamaron la atención esos lugares donde se pernoctaba una vida nocturna. Prefería concentrarse solamente en el chat, aparte que no cabía en su mente el mezclarse con esa clase de gente.

A la vuelta de un año conoció a Ángel.

Su nuevo enamorado era un chico de apariencia tímida y tez trigueña. A pesar de reflejar inmadurez en sus expresiones, a Oswaldo le gustaba mucho andar con él.

Con Ángel pudo realizar actividades que con Jack no había logrado. Salieron al cine, a comer, al parque, a caminar, de manera constante; llegando a sentir un cálido bienestar. La emoción que le transmitía la relación comenzaba a influirle en un semblante positivo, disminuyendo sus barreras ante los demás.

Sólo los días que discutía con Ángel volvía a entristecerse, soliendo ser breves malentendidos. A todo esto, doña Sara empezó a sospechar por la conducta de su hijo que algo estaba fuera de su conocimiento.

Dicen que este fue el peor error de Oswaldo. Teniendo una foto con algunas compañeras de su clase, le mostró la imagen a su madre, convenciéndola de que una de las muchachas ahí retratada era su enamorada.

Obviamente, aunque con suspicacia, doña Sara le creyó un poco.

Por las noches, desde que había conocido el amor entre hombres en su admiración por Julián, Oswaldo escribía sus experiencias en un cuadernito que guardaba celosamente bajo un rincón oculto y recóndito de su habitación.

Nunca se imaginó que un día, su madre hallaría ese secreto…

 

Pasó una semana poco convencional.

Debido a una huelga, la Universidad fue cerrada en esos días. Ángel aprovechó para irse de viaje a su provincia, porque tenía problemas sobre tenencia de propiedades con su familia. Oswaldo se la pasaba creando poemas para él cuando volviese.

Una noche, cerrando la puerta de la habitación, se acercó su madre y directamente le preguntó…

-          Hijo, ¿Tú cómo te consideras?

-   ¿Qué? ¿En qué sentido?

 

-          ¿Eres varón o qué eres…?

-   ¿De qué estás hablando? Claro que soy varón.

 

-          ¿Y entonces por qué he leído unas cosas en tu cuaderno?

-   ¿Qué cuaderno?

-          Aquel que está bajo la caja del ropero. 

 

La pregunta más dura y relevante de esa noche fue:

 

-          ¿Por qué me mentiste?

 

Y es aquí donde comienza nuestra historia.

 

CONTINUARÁ…

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