Tres Historias de un Lugar

Luis es un muchacho de 19 años como yo, y aún así tiene un cuerpo más desarrollado.

Posee unos ojos oscuros y saltones, ligeramente alargados, asemejándose a un chinito. Su cabello es castaño, recortado a los lados hasta descender en terminaciones que caen de forma curvada cerca de sus orejas.

El color de su piel no es tan claro ni es oscuro, que se complementa con una sonrisa amplia tal si expresara sinceridad, tanto cuando cierra los labios como a la vez que ilumina su rostro.

Camina pausadamente igual que André, balanceándose sólo lo suficiente entre paso y paso, marcando un ritmo propio, una personalidad hecha en su caminar.

A pesar de su juventud es bastante desenvuelto al hablar, se suelta igual que un reloj al cual dan cuerda, derrochando la vivacidad de un guerrero y la picardía de un adolescente. 

Hoy se pinchó un dedo con una alambrada, con aquella ingenuidad que podría caracterizarle, pero al mismo tiempo soportó la herida mientras aguantaba las quejas. Es decir como hacemos los hombres. Y yo hubiera hecho igual que él, sosteniendo el dolor aunque por dentro realmente fuera intenso, ese coraje insuficiente que nos confirma, que nos hace madurar.

Describiré la ropa que lleva puesta mientras escribo a escondidas este texto codificado con jeroglíficos, mirándolo a tientas con el rabillo del ojo. Utiliza una camisa azul a cuadritos, un pantalón jean plomo de la moda emo cuyo largo se va reduciendo conforme se acerca a sus talones, sus zapatillas son deportivas y de color negro, adornadas con una franja blanca que circunda la planta de jebe.

Él se parece a Seiya. El que traza una línea distinta. Suele hacerle bromas a Rosalía, diciendo que desea ser el padre de su hija, sin medidas, es tan cercano su corte que es nulo el aroma de su piel. Simplemente es él.

 

Óscar II es un tipo de 29 años, aunque parece de menos. Nosotros lo recordamos por su particular peinado, así como por sus ojos cariñosos.

Su cabello oscuro está ordenado con un peinado clásico, desenvolviendo una caída perfecta a un lado. Su piel es trigueña pero fina, contrapuesto a su carácter vivaz y persistente como una bomba a punto de estallar llena de emociones disipadas.

La edad no le ha quitado la figura, por el contrario sus brazos son más fuertes y esculpidos, el torso plano con músculos afirmados, deslizando esa contextura hasta sus piernas, cuyo pantalón ajusta solo lo necesario en los lugares correctos.

Dícese que es un pisado, porque su pareja extranjera lo mantiene a raya. Ha tratado de llevarse bien con todos, despertando mi curiosidad, por esa atractiva alegría que emerge de él.

Con nosotros es serio y lejano, acercándose más a las chicas, donde no pierde ocasión para brindar su amistad, sin hacer mayor escándalo, pues el silencio de una mano franca también les conmueve.

Sus ojos deben contener un misterio como los míos. Emanan una extraña tristeza al contrario de sus actitudes, destellan tiempo y el cansancio de quien no ha encontrado su lugar.

 

Jhoel es parte del personal de seguridad. Desconozco su edad.

Yo le pondría 23 años, y no entendería la disfuncionalidad entre ser un rudo guardia y lo apuesto que es.

Por ahora sólo está parado en el centro del local, colocando su peso en la pierna izquierda, ligeramente separada de la derecha. Un reposo común entre los jóvenes.

No es un gringo, pero tiene la tez clara, tal como los ojos transparentes, de pupilas marrones.

Es guapísimo, más que un espejo. Ni siquiera podría añadirle letras a su descripción, quizás el es sentido que guarda un parecido con Hyoga. Sólo un momento se podría haber acercado con suma amabilidad, para preguntarme si estaba solo en mi sección. No a la manera de un guardia, sino con la timidez de un extraño.

Luego, tomaría el intercomunicador y pronunciaría los códigos incomprensibles para un personal de tienda, alejándose lentamente.

El chaleco oscuro no oculta su físico, el jean desgastado ni la camiseta guinda que le confieren un aspecto elegante y muy masculino, todo un entrañable secreto como el brillo de sus ojos.

 

Para mí tanto como rostros son personas, sea la distancia que se encuentren. Una pregunta y una ilusión se envuelven a sí mismas atravesándose entre aquellos, hasta proyectar la imagen de ese desconocido con quien sueño o cuya presencia esperaba a constancia.

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