Carencia de Amor

Sufro de una enfermedad llamada “carencia de amor”. Es una extraña patología no estudiada por la cual el individuo siente que no es lo suficientemente apreciado por las personas de su entorno más cercano.

Las causas de esta enfermedad son inciertas. Cuando nace la persona incorrecta en el ambiente menos indicado una sola palabra violenta puede generar un daño emocional que, acumulado en el tiempo, resultará irreversible.

Lamentablemente, la única cura a dicha enfermedad, es el peor remedio: El desahuciado crea una ilusión basada en la realidad y procura conseguirla a fin de sentirse realizado, en caso contrario, se frustrará ocasionándose una personalidad amarga y distante con su familia.

 

Dicen que he cambiado, ya no soy el mismo desde que te alejaste…

A mí no me importa.

 

La carencia de amor está vinculada a los últimos tiempos, extendiéndose a nivel mundial de manera alarmante y sin un freno efectivo. Los intentos de medicación científica para esta enfermedad han resultado ser ineficientes.

 

Es mi destino seguir la senda amarga, porque no encontré mi lugar en el mundo…

Más, en el único sitio donde a veces me sentía feliz, ustedes lo cerraron a mi paso…

Y aunque quisiera detenerme, sólo consigo pensar en volver…

 

A veces era real. Supongo que esa es parte de una verdad inconclusa.

Estaban frente al mar en media mañana. Se parecía tanto a su sueño, el viento arrobaba sus cabellos lentamente acompasándose a la brisa del mar.  Echados uno junto a otro, él escribía letras extrañas sobre hojas de papel mientras sólo sonreía.

Lo miraba fijamente a los ojos con una expresión tan peculiar, invitándolo a acceder.

Él respondía de la misma manera. Algo como “No seas tan evidente”, pero no paraba de reír.

Se tiró sobre su espalda y le hizo muchas cosquillas sobre el polo verde, girando como locos sobre el pasto. Tomó su casaca en el acto y tapó sus rostros.

 

-          Seguro ya se habrán dado cuenta.

 

Y lo besó.

 

No había dicho nada para eso. Sólo deseaba verlo tan feliz como él. Y un beso era de hecho, la mejor correspondencia a cambio.

Podría borrar ese recuerdo.

 

Caminar silenciosamente ante su figura. Horas, minutos, vacíos.

 

-    Tú no me comprendes. ¿Para qué hacerlo más difícil?

-    Te dije que te amo.

 

Giró decisivamente hacia la puerta, dejándolo en la oscuridad. El joven sintió cómo su pecho se oprimía aceleradamente, quedándose quieto, sin aliento, al igual que desaparecían rápidamente sus fuerzas para sostenerse, para aún soportar dicha situación.

Susurró su nombre trémulamente, con el dolor en la punta de los labios.

 

-          “Ven”

 

El aludido lo meditó unos segundos y se aproximó a abrazarlo. Fue apretado fuertemente por unos brazos que se iban derrumbando… El chico caía sin poder más. Y sin resistirlo, cayeron las lágrimas de sus ojos.

 

-          No llores…

 

 

“¿Por qué? ¿Por qué todo tiene que ser tan difícil?”

 

 

Ahora mucho más tarde, el infectado con la carencia de amor puede recrear ilusiones en su imaginación con apenas una muestra de cordialidad o afecto, pudiendo llegar a tejer fantasías con personas de un círculo cercano, interpretando emociones que no alcanzan la verdad.

 

Lunes, 10 de la mañana.

 

-          ¡Guachimán! ¡Buenos días!

 

Siempre lo llamaba así y nunca pareció molestarle. Sólo era un agente de seguridad.

 

-          ¿Qué harás hoy, me notificarás por no usar los implementos?

-          No. Sabes que nunca lo hago. He venido a saludarte.

 

Le tendió la mano, sonrió y siguió acomodando unas bolsas.

 

-          ¡Daniel! ¡Daniel! ¡Daniel!

-          ¿Qué hay guachimán!

 

-          Mi nombre no es “guachimán”, me llamo Adam.

 

-          Ok. Adam. Interesante  ¿Adam Carlos? ¿Adam Louis?

 

-          No. Solamente Adam. No tengo segundo nombre.

-          ¡Qué bien! Yo tampoco.

 

¿Por qué rayos insistir en que un desconocido sepa su nombre? Poca o ninguna era su relación. ¿Qué edad tendría?

 

Más, siempre acudía cuando Daniel hacía una de sus maniobras raras subido a una maquinaria pesada. Solía decirle que lo vigilaba por su bien y al chico eso le sonaba a sarcasmo.  Si bien era su función, a nadie le importaba la integridad de los trabajadores hasta que algún accidente se suscitaba.

 

Quizás Adam era diferente. ¿O hubo un antes?

Tembló un poco nervioso y siguió ordenando sus cosas. Adam se fue como si nada hubiera pasado.

 

Y es que tal vez, ese ‘nada’ era suficiente para despertar un instinto desconocido.

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