Saviour

-          Ernesto, ya vi que la madera de Boyacé es de mala calidad, ¡Se está apolillando! Por gusto me convenciste de comprarla…

-          Lo siento Daniel, es que tenía que llegar a mi grado de venta.

El muchacho sonrió y no pudo evitar reírse por la ocurrencia. El material sin duda era malo, pero la oferta era tan buena que no podría haberla dejado pasar sin siquiera experimentar.

(…)

Es un día jueves en PRISMA. Los pasillos están desolados para variar.

Esta es la historia de un hombre con una sonrisa. De los ojos dormidos que ven ya lo inalcanzable.

Derk tiene 24 años. Trabaja en una fábrica como almacenero, tiene la tez clara y el cabello liso, sus pupilas son oscuras como un lago neblinoso, un poco entrecerradas. Su cuerpo es esbelto con algunos vellos sobresalientes en el pecho. 

Pienso que en algún rumbo de su vida tuvo los sueños propios ahora de un adolescente, los mismos que ya ha dejado atrás. Hoy sólo vive el momento.

Es de poca conversa, contrario a la manera que vive actualmente su personalidad, donde buscó el sentimiento prohibido del amor entre varones. Los golpes recibidos de esta le enseñaron a fortalecerse en la soledad, alejado de todos, hasta de sí mismo.

Medito sobre su apuro en vernos, porfiado frente a una persona desconocida, invitándolo a la intimidad. Yo me inquieto en el dilema de saber si hago lo correcto al dejarme llevar por esta pasión, la mía y la suya… Por segundos digo que no, y luego se convierte en un sí rotundo.

Es cuando he logrado entrever cómo es su corazón.

 

(…)

Hoy no está Deivis en la recepción. El chico que lo reemplaza es Jorge.

Daniel puede recordar sobre la profesión que tiene, como un traslúcido panorama…

-          Soy bombero y mi misión es salvar vidas.

Para un filósofo esto sólo podría significar un sinónimo de egoísmo, cuando la persona siente satisfacción por el acto y no es verdadera la vocación de servicio. Sin embargo, el misterio de sus ojos morenos trasciende más allá…

-          Yo creo que tal vez salvas otras vidas porque no puedes salvar tu propia vida.

“Salvador”. Desconozco la memoria, pero entiendo cómo se calcula. Me atrae hacia él por ese emblema de honor, donde he vislumbrado a un hombre como el salvador de mi propia existencia, quien le dé suficiente sentido para continuar y encender mi flama viviente al máximo.

 

-          De tal manera, yo sentiría el mismo agrado en salvar a una sola persona, que salvar a miles.

 

“¿No podrías acaso elegir entre miles y salvarme a mí?”

 

Es una pregunta que no puedo realizar. Aunque después de una conversación sobre sus ideales personales, debe tener siquiera algún interés para decírselos sin reparo a un completo desconocido. Así se trate de un compañero de trabajo que apenas ve.

 

Es jueves y él está con Deivis en la recepción. Y yo rumbo a lo ignorado.

Jorge tiene que registrar casilleros. Yo he aparecido de la nada y camino con los sentidos nublados en mis tormentos diluidos. He marcado un minuto antes de la hora, a pesar de saberlo prohibido, lo he olvidado en un solo instante.

 

El instante donde él me ve.

 

Se recuesta a mi costado, apoyándose sobre un extintor. El artefacto tiene una etiqueta escrita varias veces con su nombre, uno cada quince días porque él también se encarga de revisarlos, cerciorarse de que no estén ni muy llenos, ni descargados.

No puedo resistir en la posición que él está. Simplemente quiero besarlo teniéndolo tan cerca.  Yo soy un vendedor y él un agente, ¿Qué diferencia existe para la empresa?

 

Me contengo. Me reprimo. Me odio. Me rechazo. Rechazo quererlo.

 

Y no puedo del todo.

 

-          ¿Cuál es el número de tu casillero?

-          Doce.

-          ¿Van a revisarlos?

-          Sí, muy pronto.

Error es el frío más agudo. Ni un segundo ha transcurrido y la sombra de una mujer lo atrae, me deja y se acerca a hacerle el mismo cuestionario. La ilusión de mi mente se ha cortado inmediatamente. Yo soy homosexual y él heterosexual.

 

No tenemos mucho en común.

 

(…)

Aracely se despide de todos, yo no puedo esperar. Estoy estresado, irritable y hastiado de seguir en piso fuera de mi hora. Quiero sólo un helado y una cama para dormir.

Me largo casi sin hablarle.

En la tienda, un dedo me ha tocado la espalda. Una voz bajita me dice “Dame todo tu dinero”.

Siento que es conocido. Pero no tengo reacciones. Sigo caminando inerte.

Avanza por mi costado y reconozco que es Jorge. Lo he mirado, pero no percibo sus facciones, porque mis facultades se han reducido en las emociones del cansancio.

Lleva un pan y una gaseosa, diciendo algo como que sólo de eso consistirá su almuerzo.

 

“¿Un chico como tú puede vivir de un pan y una gaseosa al día?”

 

Saco mi helado de la nevera mientras él entrega su tarjeta a la cajera. Se acerca y me dice que desearía probar el nuevo sabor que ha salido hace poco. Pretendo no escucharlo mientras melodrameo porque no hay más de mi helado favorito. Apenas queda el sabor vainilla. No importa, probaré algo nuevo.

Un bip lo regresa a la ventanilla. Su tarjeta no ha pasado. Bromeo diciendo que tal vez ya ha gastado todo el saldo. El se ríe en silencio. El segundo intento es exitoso, donde el error fue de la cajera y no del muchacho.

Nos miramos un instante y él se ríe. Mis ojos deben estar pesados. Se despide, marchándose rápidamente. No tengo fuerzas para decirle nada.

“Es coqueto, sólo eso. Es un hombre de ojos preciosos que tiene una sonrisa en los labios. ¿Quién no estaría gustoso de tenerlo como su enamorado?”

El traspaso de su mirada me ha conmovido profundamente, donde creo rememorarlo de algún otro tiempo… Creo que es bellísimo. Creo que sé el motivo por cual soy homosexual.

 

 

(…) 

“Platón decía que los hombres queremos unirnos a las personas con las cuales éramos perfectos antes de la caída… Cuando sentimos esa atracción entonces es una memoria de aquel tiempo que fuimos uno y al hacerlo, ciertamente encontramos el sentido pleno de la vida, llamado felicidad”

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